Turismo: una industria frágil

Los atentados del jueves 17 de agosto en Barcelona y Cambrils han sacudido al conjunto de la sociedad catalana y española. Sus terribles consecuencias afectaron en primer lugar a las víctimas y sus familiares, pero pueden en adelante tener también otros efectos. En ese contexto, parece lógico interrogarse sobre de qué manera afectarán los ataques terroristas a una industria como la turística, que es clave en la recuperación de la economía españo

 

Por desgracia, existe ya una abundante literatura ­sobre las consecuencias del terrorismo internacional en el turismo. Se sabe que sus efectos pueden ser duraderos y muy perjudiciales en países en los que la escalada de la violencia es prolongada y las autoridades se revelan ­impotentes ante su reiteración. Es el caso de Túnez, Egipto y en menor grado Turquía, de cuya crisis como destinos del turismo de masas se han beneficiado en los últimos años las playas españolas. También es conocido que la magnitud de las consecuencias es diferente cuando los atentados afectan a grandes ciudades, como los ­recientes casos de Londres, Bruselas o París. Menos ­grave cuanto menor es el número de víctimas (Londres salió mejor parada que París). Mayor cuando los ataques afectan a infraestructuras turísticas básicas, como en el caso de Bruselas, que tuvo durante varios días el aeropuerto cerrado.

 

Finalmente, pese a que todavía es muy pronto para aventurar cuáles serán los efectos de los atentados para Barcelona y el turismo español, los analistas apuntan que las consecuencias más agudas se perciben en los tres primeros meses que siguen a los ataques, como se ha podido comprobar en Nueva York después de los perpetrados el 11-S del 2001 contra las Torres Gemelas.

 

Nada es definitivo en el sector turístico. Francia, con una capital severamente golpeada por este fenómeno –por la enormidad de las matanzas que se perpetraron y por la tardanza en restablecer la normalidad–, perdió tres millones de turistas como consecuencia de los atentados de noviembre del 2015. Pero este 2017 el número de visitantes ha vuelto a crecer y ha superado los niveles previos a la crisis. Incluso un destino que ayer nos parecía tan improbable como Túnez ha reanudado en esta campaña su oferta hotelera.

 

Dicho todo esto, hay que señalar que los atentados del 17 de agosto llegan en un momento delicado para el sector turístico español. Este verano algunos grandes turoperadores han empezado a hablar de los altos precios españoles. Una percepción que se añade a otra no menos importante: la saturación en la que se encuentran algunos de los destinos más relevantes. Desde la misma Barcelona hasta las Baleares. Eso y el inicio de las críticas a los efectos indeseados de esa actividad sobre la ciudadanía (bautizadas por algunos como turismofobia) han precedido los terribles atentados de este agosto.

 

Ante todo ello, conviene decir que el problema no es tanto el crecimiento exponencial del turismo –compartido con la mayor parte de las sociedades modernas– como la gestión sostenible que las diferentes administraciones puedan hacer de ese crecimiento. El turismo es una de las actividades económicas con mayor proyección del siglo XXI. Al sector le compete velar por que ese turismo sea respetuoso con los destinos que frecuenta. Y las comunidades que lo acogen deben saber actuar como buenos anfitriones al tiempo que deben arbitrar políticas y prácticas robustas, sostenibles e inclusivas para la ciudadanía.

LA VANGUARDIA

ECONOMIA, 26.08.217